El agua en la piel
30/10/19
En mi desesperación, pido la muerte.
Su piel
líquida me hunde con rapidez, dejándome sin peso. Se aferra a mí, a pesar del
rechazo violento que impongo con mis movimientos. Sus besos salpican mis
parpados sin dejarlos abrir y su mano tibia ahoga mi garganta como si se
vertiera en un pozo hasta desbordarlo.
Mi desnudez
voluntaria me hace sentir tan diminuto dentro de este claro azul. Las piernas
se cansan de patalear y los brazos se rinden ante la carga inexistente.
Y yo, estoy listo para recibir el abrazo final.
Caer rendido, al sueño eterno de Hipnos.
Pero la
asfixia es amarga e indiferente conmigo y me empapa sin acabarme, me da el aire
suficiente para no cruzar el rio Estigia. Veo alejarse entre sombras, al
barquero Aqueronte, con una sonrisa macabra. Su remo me empuja fuera de alcance
y la vida me trae a medias de regreso.
El deseo se
me adhiere a la piel e implora por nuestra unión eterna. La oscuridad se traga
todo por unos instantes para salir en forma de luz a medio día. Un respiro
profundo y la escucho lista para sumergirme de nuevo.
Me
aprisiona y la siento escurrirse por todo mi cuerpo hasta llegar al interior.
Su presencia quema el lugar de refrescar e invade todos mis momentos íntimos.
Me siento
diluido en un mar de pensamientos ajenos y pierdo mi identidad. Es claro que
Tánatos me ha rechazado del inframundo y en su lugar, los dioses han abierto la
puerta de mi cuerpo, alma y mente a la seducción de sus palabras.
¿Acaso esto es el amor? Si lo es, no lo deseo.
Me ha robado todo a capricho y me torna en esclavo de sus deseos.
Me levanto a la orilla, siento la extraña
sensación de no estar en mí.
Veo mi
reflejo en el agua y aunque puedo ver mi rostro, sé que ya no soy yo.
No
reconozco a quien me ve entre ondas circulares interrumpidas por las gotas que
caen de este nuevo ser. El sol brilla a lo lejos y la calma vuelve al lugar, los
peces me miran con naturaleza, ya no me evaden como al inicio.
La soledad
jamás vivirá en mí y aun así, su vacio se pronuncia con la tristeza de lo que
he perdido. Levanto la mirada hacia las nubes, viajeras eternas, destino que se
me roba con cada respiro nuevo y vigorizante.
Maldigo el
lago junto a sus aguas incitantes, donde vine a perderlo todo y condeno a
cualquiera que se atreva a sumergirse, a la desgracia. A ser dos en cuerpo de
uno.
Salmacis,
ninfa marina y embustera. En tu deseo de amor, me has dejado tu sabor eterno.
Con cada momento que pasa, me pierdo, me estanco en el fondo de la oscuridad. Siento
como el olvido me toma para nunca más volver.
Confundido,
atemorizado, mojado en la incertidumbre.
Hermafrodito
entra, Hermafrodita emerge.
Con el agua
en la piel.
-Alfonso Casián S.
